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RELIGIÓN Y REPRESIÓN SEXUAL
Tras las invasiones
bárbaras y el declive económico y territorial sufrido
por los romanos, triunfa el cristianismo, que impone ideas muy restrictivas
en materia sexual. El Antiguo Testamento califica como impuros el adulterio,
la fornicación, la prostitución, la sodomía y la
homosexualidad.
La monogamia
es estricta y el matrimonio indisoluble, al tiempo que se prohibe tajantemente
toda relación extramarital.
La mujer es
situada en una posición de inferioridad respecto al hombre y
considerada poco más que una esclava del varón, e incluso
se llegó a debatir en el concilio de Macón la existencia
de alma en la mujer.
Se exalta la
castidad como símbolo de pureza y el acto sexual es considerado
como algo pecaminoso, incluso dentro del matrimonio; se admite porque
es imprescindible para la procreación, considerada como un deber
sagrado, pero para conseguir que el placer sea mínimo y evitar
la visión del cuerpo desnudo, las mujeres debían ponerse
un camisón que poseía a la altura de los genitales un
orificio por el que el marido debía introducir el pene.
El mito de Adán
y Eva sitúa a la mujer como foco de tentación, hasta el
punto que San Pablo llega a afirmar en la Epístola a los Corintios
que "...bien le está al hombre el evitar el contacto con la mujer.
Sin embargo, por evitar la fornicación, que cada hombre tenga
su mujer, y cada mujer su marido. (...) Si no pueden guardar continencia,
que se casen. Es mejor casarse que abrasarse."
San Jerónimo
considera que cada contacto sexual aleja un poco más del Espíritu
Santo y, por otro lado, el papa Gregorio el Grande en el siglo VI indica
que el pecado original es hereditario: "El apetito de nuestros padres
por la carne es la causa de nuestra vida y por eso somos pecadores".
Para San Agustín,
libertino durante su juventud que posteriormente renegó de su
pasado, el amor es deleznable, infernal, podredumbre y pus. La renuncia
al placer y el sacrificio son obligatorios.
Todo ello da
lugar a que se extienda un sentimiento de culpabilidad y malestar entre
los cristianos, obligados a avergonzarse de su cuerpo y a la represión
de sus instintos naturales.
En el año
711 los árabes invadieron la Península y la mayoría
de sus habitantes se convirtió al Islam, religión que,
si bien toleraba el placer sexual, relegaba de nuevo a la mujer a vivir
para el hombre, procurarle satisfacción y cuidar de sus hijos
y de su casa. Más aún: se llegaba incluso a considerarla
como un instrumento de servidumbre o un simple vegetal. Averroes lo
expresa así: "No se ve entre nosotros mujer alguna dotada de
virtudes morales; su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado
de los maridos."
Para rebelarse
a este sometimiento, la mujer a menudo recurría al adulterio,
por lo que se impuso entonces un drástico remedio, la extirpación
del clítoris, con la finalidad de evitar que obtuviera placer
con la relación sexual. Esta práctica se sigue realizando
en la actualidad en algunos países islámicos cuando la
mujer cumple nueve años.
Pero hacia el
siglo XI ya todo era diferente en España, se produjo una relajación
de las costumbres y la sociedad era más tolerante y permisiva
en materia sexual. Sin embargo, con la caída del califato, los
bereberes impusieron una estricta moral y una intensa vigilancia llevada
a cabo por censores para evitar todo contacto entre hombres y mujeres
que pudiera predisponer a la "fornicación".
Durante la Edad
Media, a pesar de las intensas creencias religiosas y del gran poder
del clero, existe cierta promiscuidad y el sexo impregna muchas actividades
de la vida cotidiana. Se trataba de una válvula de escape, un
desahogo ante una vida corta y sin comodidades, sometida a continuas
guerras, hambre y epidemias.
Sin embargo,
por ser un largo período, encontramos en la Edad Media muy diversas
costumbres y prácticas amorosas. Así, por ejemplo, es
característico de los siglos XII y XIII el amor cortés,
un amor platónico por el que el hombre rendía culto a
la mujer de la que se había enamorado; el caballero se empeñaba
en ser merecedor de la dama, elevada a una imagen mítica que
la hacía inaccesible. Pero este amor sólo podía
vivirse fuera del matrimonio, pues no sobreviviría a la rutina
diaria, y pronto encontró la oposición de la Iglesia.
También
es característico de la Edad Media el uso del cinturón
de castidad, invento procedente de Oriente que imponían los maridos
a sus mujeres para garantizar la fidelidad durante su ausencia; se trataba
de unos pesados hierros con candados que impedían la realización
del acto sexual.
Por otro lado,
sólo a partir del siglo XVI y a raíz del concilio de Trento,
se estableció la obligación de que el matrimonio fuese
público y ante un sacerdote. La mujer podía casarse a
los doce años, y el hombre a los catorce. Aunque el divorcio
estaba prohibido, se admitía como causa de anulación el
que alguno de los cónyuges fuera incapaz de la consumación
del acto sexual. Además, la Iglesia reguló la frecuencia
sexual dentro del matrimonio, de forma que las parejas debían
abstenerse cuarenta días antes de Navidad, los ocho posteriores
a Pentecostés, los miércoles, viernes y domingos, las
fiestas religiosas, los días de ayuno, cinco días antes
de la Comunión y uno después: en total, unos ocho meses
al año. Ello favoreció el concubinato y la asistencia
a prostíbulos.
La homosexualidad
femenina se llegó a permitir, a diferencia de la masculina, cuya
práctica fue severamente reprimida.
En cuanto al
aborto y al infanticidio, en muchas ocasiones suponían la condena
a muerte de quien los efectuara.
Durante el Renacimiento,
la mayor parte de Europa fue sometida a una aún mayor represión
sexual, debido a la unión Iglesia -Estado, pero España
gozaba de cierta libertad que posteriormente el clero intentó
restringir. Además, en esta época comienza a adoptarse
un enfoque científico para el estudio de cualquier fenómeno,
y la sexualidad no escapa a este análisis, aunque la falta de
rigor todavía asoma en multitud de documentos de entonces.
Mientras tanto,
la sífilis, importada de América, hizo estragos en el
continente europeo y se extendió al resto del mundo. El preservativo
se inventó en el siglo XVII, pero su uso no comenzó a
divulgarse hasta el siglo siguiente.
En el siglo
XVII España se encierra en sí misma y se aísla
de las ideas liberales del extranjero. Impera la incultura, el fanatismo
y el desprecio al trabajo, en tanto que la vida sexual se caracteriza
por la constante oposición de la Iglesia al placer; contrariamente,
surge una especie de doble moral que obliga a la mujer a permanecer
fiel mientras el marido adquiere relevancia social si mantiene a mancebas
o queridas. Del mismo modo, como la mujer debía llegar virgen
al matrimonio, la virginidad se convierte en un valor muy apreciado
por los hombres, que incluso llegan a exigirlo por escrito.