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» LAS ANTIGUAS CIVILIZACIONES

En Mesopotamia se rendía culto a Astarté, diosa protectora de la sexualidad, a la que las mujeres jóvenes ofrecían su virginidad entregándose a un extraño en el templo.

Posteriormente en Grecia se adoraba a Afrodita, en cuyo honor se realizaban ritos de amor y fecundidad. Éstas y otras manifestaciones cuya finalidad era la unión del sexo y lo sagrado, simbolizaban el vínculo del hombre con la naturaleza y con los dioses.
Pero además suponían una forma de mantener o incrementar los bienes familiares, algo que se refleja por ejemplo en los antiguos matrimonios: en Babilonia, Grecia y Roma se estableció firmemente la norma de intercambiar regalos o entregar a la hija una dote para contribuir a su seguridad durante el matrimonio.

La mujer comenzó a ser una mercancía de intercambio, al tiempo que se instituyó la familia como algo sagrado y el matrimonio se convirtió en un ritual.

Así, en el antiguo Egipto, se consolidó la costumbre de que el heredero del trono debía casarse con su hermana para ser considerado rey legítimo; en el fondo, el objetivo era la protección de su patrimonio. En Babilonia se castigaba cruelmente el adulterio de la mujer, a la que se arrojaba al río junto con su amante, o bien se le cortaba a ella la nariz y él era castrado. En Babilonia y también en Israel, la finalidad del matrimonio era la procreación y el mantenimiento del poder del clan.

En el siglo V a. C. en Grecia, la construcción de las ciudades y el desarrollo de las actividades artesanales y comerciales dio lugar a que el hombre comenzara a perder el contacto con la naturaleza y se dedicara al ocio y al arte, por lo que la sexualidad empezó a perder su sentido profundo y se realizaron múltiples orgías que suponían simplemente una liberación personal.

Se sustituyó el culto de Afrodita por el de Dionisos, dios del vino, y se creó al dios Apolo, caracterizado por su sabiduría y tendencia a la moderación del instinto; con ello se intentaba lograr un equilibrio entre ambos extremos. Sin embargo, la tarea de la mujer de Atenas era exclusivamente la de perpetuar la raza y ocuparse de los hijos, mientras los hombres recurrían a las hetairas para saciar sus impulsos sexuales e intercambiar ideas sobre cultura y arte, pues se trataba de cortesanas que no sólo vendían su cuerpo, sino también su encanto, conocimientos y amistad.

Además, la práctica de la homosexualidad masculina era algo muy extendido, pues se consideraba como una búsqueda de la belleza y del amor.

En cambio, en Roma, en los tiempos de la República, aún se mantenía la estructura de familia patriarcal y el respeto a la religión. Pero con la corrupción de la clase dirigente y las guerras coloniales a las que debía hacer frente el Imperio para mantener unidos a pueblos tan diversos, la unidad familiar se rompe y el panorama cambia por completo.

La mujer se desentiende de los hijos, cuya educación es confiada a una sirvienta o a un esclavo, se extiende el aborto como método anticonceptivo y se recurre al sexo y a la lujuria para la realización personal, tanto masculina como femenina, puesto que la obtención de placer era el valor dominante al que se sometía todo lo demás.

El adulterio, preconizado por Ovidio en "El arte de amar", y el divorcio eran aceptados y practicados en numerosas ocasiones. Los excesos, la avidez sexual y el desenfreno caracterizan a la última etapa del Imperio romano, si bien comenzó a surgir una corriente contraria, encabezada por filósofos estoicos y neoplatónicos, que defendía la espiritualidad y unos nuevos principios.